¿Nos quiere Facebook más felices o más rentables?

Mark Zuckerberg anunció a principios de enero que su propósito para 2018 sería “arreglar Facebook”, y tenía motivos: ciertamente, 2017 no fue un buen año para la compañía desde el punto de vista de la opinión pública. Se la ha acusado, entre otras cosas, de contribuir a la expansión de las fake news, priorizar medios de comunicación con una determinada ideología, fomentar los llamados “filtros burbuja” o, más recientemente, explotar económicamente las debilidades del cerebro humano.

La semana pasada, el propio Zuckerberg explicaba que Facebook iba a modificar las fórmulas con las que decide qué aparece en primer lugar en News Feed (la selección de contenidos que se muestra nada más entrar en la página personal) para dar prioridad a los post personales, sobre todo de nuestro círculo cercano, en perjuicio de los públicos, es decir, los de compañías, incluidos los medios de comunicación. La consecuencia práctica será que veremos más comentarios de nuestros amigos y menos provenientes de empresas o cabeceras informativas (a no ser que vengan recomendados por un conocido).

El motivo del cambio, según Zuckerberg, no es otro que nuestra felicidad: “Construimos Facebook para ayudar a la gente a mantenerse cerca de quienes les importan de verdad. Por eso, siempre hemos puesto a los amigos y la familia en el centro. La investigación muestra que fortalecer las relaciones personales incrementa nuestro bienestar”. Se trataría, pues, de fomentar las interacciones “con verdadero significado”, en vez de esas otras que producen un consumo pasivo y despersonalizado, incluso al precio de que disminuya el tiempo que los usuarios pasan en Facebook (como ha señalado Zuckerberg que ocurrirá con las modificaciones) o de asestar una puñalada a los medios de comunicación que dependen del tráfico generado por la red social (aunque, según el Wall Street Journal, la red social estaría buscando la forma de compensarlos, especialmente a las cabeceras de prestigio).

Cabe preguntarse si el cambio de política se debe a una resolución puramente altruista, fruto de un sincero examen de conciencia. Así lo han visto algunos analistas. Otros, más desconfiados, lo interpretan como un simple lavado de imagen, o una forma inteligente de desligarse del peligroso negocio de la información, que ha traído muchas acusaciones –y no tanto dinero– a Facebook. Incluso hay quien piensa que el movimiento obedece al interés de la compañía por entrar en China, cuyo gobierno teme que la difusión de noticias a través de News Feed sirva como herramienta subversiva.

Sería arriesgado juzgar las intenciones de Zuckerberg: quizá en su decisión se mezclen los motivos humanitarios y otros más interesados. Sin embargo, hay una hipótesis que puede arrojar luz al asunto. Tiene que ver con un fenómeno conocido como “colapso del contexto” (context collapse), asociado al tipo de relaciones creadas por las redes sociales: en la medida que nuestra audiencia (la gente que puede leer nuestros post) se hace cada vez más numerosa y diversa –al contrario de lo que ocurre en los círculos de amistad no virtuales–, tendemos a compartir menos información personal, porque ya no nos sentimos tan “en familia”.

Según algunos analistas, esto lleva tiempo ocurriendo en Facebook, lo que supone un gran problema para la compañía, pues el núcleo de su negocio consiste precisamente en recolectar esos datos que sembramos en nuestros comentarios y vendérselos a las marcas para que afinen sus campañas publicitarias dirigiéndolas a los usuarios potencialmente más interesados. Varios medios han señalado cómo el “colapso del contexto” preocupa, y mucho, a Zuckerberg.

Puede ser, entonces, que detrás de las intenciones de “devolver Facebook a sus orígenes de comunidad social” y “mejorar nuestro bienestar”, haya también un deseo por aumentar la rentabilidad económica de cada usuario.




Pepita mola, y mola mucho

Pepita es una niña muy especial. Es especial porque su madre le ha hecho una cuenta en Instagram (@pepitamola) que tiene más de 189.000 seguidores. También es especial porque cientos de personas le escriben diariamente para animarla y comentar en sus fotos. Y también es especial porque tiene un cromosoma 21 extra. Y esto, en palabras de su madre, la hace extra especial. Con sus hashtags divertidos (#superpepita, #extrachromosomeextracute o #theluckyfew) y sus fotos simpáticas, Pepita ha conquistado el mundo de Instagram. Con apenas 2 años, ha conseguido concienciar a miles de personas de la necesidad de normalizar el síndrome de Down y de luchar contra los estereotipos.

https://www.instagram.com/p/Bb7YRTeDqp6/?hl=es&taken-by=pepitamola

Ayer, 3 de diciembre, la ONU celebró el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Se trata de un día dedicado a fomentar la integración en la sociedad de las personas con discapacidad y esto es justamente lo que Pepita está logrando. Su madre, Fabiola, ha comentado en numerosas ocasiones cómo una cuenta de Instagram de una madre estadounidense con un hijo con el mismo síndrome le ayudó y le tranquilizó cuando nació Pepita. Estas cuentas se dedican a mostrar que estos niños tienen una vida normal, que son felices y que aportan mucha alegría en sus familias. Esto, en momentos difíciles, puede transmitir la fuerza que necesitan muchos padres en el momento del diagnóstico. Incluso a algunos de sus seguidores les ha motivado a adoptar un niño con síndrome de Down.

Sin embargo, aún queda camino por recorrer. Sigue habiendo prejuicios y estereotipos en la sociedad que tantas veces truncan la trayectoria formativa de estos niños, impidiéndoles completar los estudios secundarios o la formación profesional. Son menos aún los que han podido realizarse en el aspecto laboral, a pesar de que existen muchos trabajos que las personas con síndrome de Down podrían hacer muy bien.

https://www.instagram.com/p/BaXcRfiDnAb/?hl=es&taken-by=pepitamola

Como Pepita existen otros que están colaborando con este cometido, aunque no todos desde Instagram. Chicos como Isabella Springmuhl, una guatemalteca diseñadora de moda que es la primera persona con síndrome de Down en exhibir sus diseños en la Semana de Moda en Londres; Mikayla Holmgrem, la primera chica con síndrome de Down en participar en Miss Minesota, un concurso que forma parte de Miss USA y Miss Universo, o Pablo Pineda, maestro, actor y escritor y conferenciante, nos recuerdan diariamente lo lejos que estos niños pueden llegar si tan solo les damos la oportunidad. Como ellos, Pepita es un símbolo de esperanza y una inspiración para muchas familias que tienen a un miembro con síndrome de Down. Ojalá que para cuando Pepita sea mayor, hayamos crecido en aceptación e inclusión y ella pueda llegar a encontrar su sitio en la sociedad.

https://www.instagram.com/p/Ba9E7kQDRlz/?hl=es&taken-by=pepitamola

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Sangre goteando desde el WhatsApp

Dos turbamultas han acabado con la vida de siete personas en la India. Sucedió en aldeas del oriental estado de Jharkhand, uno de los más pobres del país: hacía días que por el WhatsApp circulaban informaciones falsas sobre dos secuestradores de niños, por lo que grupos de pobladores, autoinvestidos de toda potestad sobre la vida y la muerte, la emprendieron a golpes contra unos jóvenes que pasaban por allí. Y a golpes los mataron.

Lo curioso es que, según informó una fuente policial, en esa zona no se había reportado ni un solo caso de secuestro de menores. No obstante, antes de liarse mucho y hacer un conteo en casa para ver si había alguien ausente, la gente prefirió salir con el garrote y hundírselo en el cráneo a cualquiera de apariencia extraña, como los asesinados, que no eran nativos de los contornos.

Otra autoridad local dijo que, desde que el rumor empezó a correr, los vecinos habían comenzado a patrullar por su cuenta las calles de sus localidades. Y un dato más: “Como muchos de ellos son iletrados, no pueden diferenciar una noticia falsa de una auténtica”. La brutal ejecución es, pues, el resultado de un cóctel explosivo: dispositivos con acceso a las redes y personas con dificultad para discriminar la información a la que aquellos les dan acceso.

Una situación como la anterior, por supuesto, puede replicarse. En la India hay ahora mismo 200 millones de personas con acceso al WhatsApp, no todas debidamente instruidas para oler el tufo del engaño en las redes. Según el CIA World Factbook, el nivel de alfabetizados en el país alcanza al 71% de la población, con lo que es de imaginar que hay cerca de un 30% que no diferenciarían una S de una lombriz, y bastantes más que, aunque escolarizados, no tendrían las herramientas necesarias para procesar adecuadamente la información que cualquiera cuelga en Internet, esa ingeniosa red de la que Lincoln, allá por el siglo XIX, dijo: “No te creas todo lo que leas en Internet solo porque haya una foto con una frase al lado”. (¿Que Lincoln no pudo decirlo? ¡Pero si me llegó por el WhatsApp!)

Los bulos pasan así, de teléfono a teléfono, exprimiendo los lagrimales de los usuarios con cursilerías, provocando iras o suscitando gestos de compasión, como los logrados por el que tuiteó días atrás la imagen de un niño pequeño junto con el enunciado “¡Por favor, que todo el mundo haga ‘retuit’ de esto, necesito ayuda! Es mi pequeño hermano Frank. Fuimos al concierto esta noche en Manchester y ahora no le puedo encontrar”. Fue retuiteado unas 18.000 veces, para luego saberse que ese niño jamás había puesto un pie en el Manchester Arena. O el vídeo de un supuesto musulmán que se lía a golpes con un doctor en un ambulatorio español, una escena ideal para sacarnos una condena moral al “extranjero ingrato”, pero que en realidad ocurrió en un centro médico de Rusia, y no hay que suponer que el sujeto fuera necesariamente musulmán.

Con la información que circula por el WhatsApp y las redes sociales sucede como con el automóvil. A finales del siglo XIX, los coches invadieron las calles de las ciudades antes de que a las autoridades se les ocurriera regular su tránsito. Para cuando apareció el primer STOP, ya algunos se habían empotrado en muros cercanos a las vías o dejado a su paso varios peatones fallecidos. Hoy son Facebook, propietario de WhatsApp, y Google quienes, algo tardíamente, maniobran para colocarles un STOP a los bulos, que van a una velocidad infinitamente mayor que los fotingos de antaño y que, coincidentemente, como ocurrió en la India, también pueden dejar víctimas a su paso.

Se agradece, desde luego, que se creen herramientas para marcar una información como dudosa cuando así se detecte. Sin embargo, humanos y limitados como somos, es de esperar que el filtro de la subjetividad deje pasar bastantes impurezas. Una criba “al final del camino”, a un paso del destinatario final, no debería sustituir el filtro primario: el de la persona receptora, cuya capacidad de discernimiento debe consolidarse no solo a través de la instrucción académica, sino de la exploración y el estudio personal. Porque leer sabemos casi todos, pero saber lo que estamos leyendo, tomar nota de la credibilidad de la fuente, paladearlo antes de decidir si tragarlo o desecharlo, no todos.

Vale la pena, pues, detenerse unos minutos antes de compartir cualquier ocurrente y colorida frase “del Papa Francisco” o informaciones “exclusivas” y con gancho de sitios que no conoce ni el Tato. El diablo no duerme, y en la web, aun menos.




Facebook y Trump, una relación revisada

Poco después del resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, se señaló a Facebook como un posible ‘culpable’ de lo sucedido. La red social que lidera Mark Zuckerberg se vio envuelta en una crisis de comunicación pública importante.

La presión de medios y públicos, que tuvo su efecto, se basaba en dos puntos. Por un lado, en el enorme alcance de Facebook: una plataforma de casi 1.800 millones de usuarios activos mensuales que el 44% de los ciudadanos de Estados Unidos utilizan para informarse, según un estudio de Pew Research muy citado. Por otro lado, el hecho que Facebook había funcionado como un canal muy efectivo para la difusión de noticias falsas (‘fake news’), que mayoritariamente eran proTrump.

Sobre el alcance de la red social, un artículo publicado recientemente en Slate argumenta que una lectura detallada del informe de Pew Research introduce matices. En el informe no está claro, por ejemplo, que ese 44% de los estadounidenses consulten noticias de forma asidua, ni que sea su única fuente de información o la más creíble. No obstante, algunas de las noticias que citaban el famoso porcentaje añadian este tipo de connotaciones.

 

Por otra parte, este vídeo de Vox relativiza mucho la importancia de las ‘fake news’ en el resultado de las elecciones. A partir de sondeos de Gallup, se ve que los escándalos de Hillary que más impacto tuvieron en los ciudadanos tenían base real: el mal uso de su correo electrónico y la gestión de la Clinton Foundation. Los medios destacaron sobre todo estos asuntos. El problema -más que las noticias falsas- habría sido la falta de perspectiva derivada de la equidistancia (‘false equivalence’) en la cobertura de los dos candidatos, cuando -según el vídeo- Clinton tenía muchos menos escándalos y se le dio la misma importancia. En cualquier caso, parece que la manipulación no vino de falsedades propulsadas por el algoritmo de la red social de Zuckerberg.

¿Esto significa que Facebook no tuvo ningún papel en las elecciones? Ni mucho menos (y, de hecho, es de suponer que su importancia será creciente). No obstante, los nuevos datos ayudan a entender mejor su papel y, también, a superar discursos culpabilizadores quizá excesivamente simples.

@miquel_urmeneta




La capital macedonia de las “fake news”

El tema de las fake news (noticias falsas) ha cobrado fuerza desde el triunfo de Donald Trump en las pasadas elecciones de EE.UU., “apoyado” –por obra y gracia de los creadores de falacias– por alguien tan poco sospechoso de simpatizar con sus propuestas migratorias, como el Papa Francisco. El pasado 4 de diciembre, el alcance de los bulos de campaña se pudo palpar en la irrupción de un hombre armado en una pizzería en Washington. El sujeto dijo querer “investigar” la relación entre ese restaurante y una trama de explotación sexual de menores a la que estaría vinculada la propia Hillary Clinton. Una mentira como un pino.

Lo interesante es saber que muchas de las invenciones en torno a la pugna electoral norteamericana tomaron forma en un sitio muy, pero que muy lejano: en Macedonia. Una periodista de la BBC ha viajado a Veles, un pequeño pueblo de ese ya muy pequeño país, y ha podido constatarlo: cientos de chicos allí se han entretenido en fabricar noticias falsas y difundirlas para ganarse unos euros. “Los americanos adoran nuestras historias y nosotros hacemos dinero de ellas. ¿A quién le importan si son verdaderas o falsas?”, dice a la reportera un universitario que se esconde tras el pseudónimo de Goran.

El pasado verano, según le explica, Goran comenzó a colgar en las redes historias sensacionalistas, a veces plagiadas de sitios web de derecha estadounidenses. Tras copiar varios artículos, los empaquetó bajo un titular atractivo y pagó a FB para que los publicara. Cuando los usuarios estadounidenses leían sus historias, les daban like y las compartían, él ganaba algo por concepto de la publicidad inserta en el sitio. En un mes, y gracias a este peculiar “trabajo”, le ingresaron 1.800 euros, pero otros colegas suyos, más entregados, han llegado a ganar hasta mil por día. “A los adolescentes de nuestra ciudad no les preocupa cómo voten los americanos –señala–. ¡Solo están satisfechos con que están ganando dinero y pueden comprar ropa y bebidas caras!”.

La magnitud del fenómeno en Veles es tal, que uno de cada tres estudiantes confiesa a la reportera que conoce a alguien metido en el ajo de las fake. Uno de los chicos entrevistados le dice que trabaja hasta 8 horas cada noche para sacar adelante su paquete, y que luego se va a la escuela. Por su parte, una colega freelance local le informa que ha identificado a siete equipos que fabrican noticias, pero que son cientos los estudiantes que lo están haciendo por su cuenta. A pesar de tanta evidencia, el alcalde, orgulloso del espíritu emprendedor de los jóvenes del pueblo, se irrita cuando se le interroga sobre el asunto: “No hay dinero sucio en Veles”.

Mientras esperamos por que se desvele algún día la fórmula macedonia para la generación espontánea de miles de euros, valdría sugerir a la cadena británica que no pierda de vista a esa localidad y que envíe de nuevo a la reportera dentro de unos años a ver qué ha sido de varios de sus jóvenes  “emprendedores” –ahora enfocados en las campañas políticas macedonia, croata y serbia–. Si la moralidad ha hecho las maletas y se ha marchado del todo, convendría pasar primero por la comisaría…




¿FaceTroomp?

zuckerberg

Mark Zuckerberg (Foto: Mike Deerkoski)

Facebook es una empresa, una empresa que ha tenido una crisis de reputación de un cierto alcance en los últimos días. En este caso, a diferencia de otros episodios polémicos anteriores, el motivo del conflicto no tiene tanto que ver con un asunto interno de la red social (la privacidad de sus usuarios, por ejemplo), sino con su impacto en la sociedad: la elección del “líder del mundo libre”, nada menos.

¿Las noticias falsas que circulan en las redes sociales pudieron condicionar el resultado electoral? De esto se le acusa. Realmente es un conflicto que toca a las plataformas de distribución de contenidos digitales en general (Google, Twitter…), pero Facebook ha acabado en el centro de la polémica por su alto número de usuarios y, también, por su capacidad de generar visitas a páginas externas. El mismo Obama mencionó explicítamente a Facebook mientras hablaba de los peligros de la desinformación en las últimas elecciones.

Los expertos en comunicación recomiendan a las empresas que tienen una crisis que expliquen cuanto antes por qué ha pasado y qué harán para que no vuelva a suceder. En este sentido, la respuesta de Facebook no fue del todo acertada al principio. Como criticaba la profesora Zeynep Tufekci, de la Universidad de Carolina del Norte, en las páginas del New York Times, la primera reacción de Zuckerberg fue la de negar el problema. El CEO de Facebook afirmó que lo que se publica en la plataforma tiene poca influencia en el comportamiento electoral (cuando hay estudios –¡hechos por Facebook!– que apuntan en dirección contraria) y que la inmensa mayoría de la información es veraz.

Días más tarde, Facebook acabó cambiando la redacción de las condiciones de uso de su plataforma publicitaria para dejar claro que los productores de noticias falsas (fake news) quedaban fuera. Es un paso valiente ya que estas webs eran sus clientes y con este movimiento la red social deja de percibir ingresos (no obstante, hay que decir que el anuncio lo hicieron poco después de que Google tomara esa misma decisión: quizá se vieron obligados).

Esta primera medida fue bien acogida pero se reclaman más acciones y Facebook sigue explorando vías para solucionar el problema. En un post del sábado 19 de noviembre Zuckerberg apuntaba algunas ideas: entre otras, facilitar que los usuarios puedan reportar las historias falsas y establecer alianzas con fact checkers que comprueben la veracidad de las noticias. En el mismo texto, también dejó claro lo que lleva diciendo desde hace meses: “No queremos ser árbitros de la verdad”. Aquí se toca el núcleo del conflicto que ya señalaba The Guardian en un editorial la semana pasada: “En el centro del dilema de la compañía está si es un medio de comunicación o no”. Margaret Sullivan insiste en su columna del Washington Post que la compañía debería ir más allá y contratar un equipo de editores (aunque quizá no les llamen así), también en su propio beneficio. Expertos como Joshua Benton del Nieman Journalism Lab de la Universidad de Harvard y Emily Bell del Tow Center for Digital Journalism de la Universidad de Columbia son de la misma opinión: Facebook tiene que asumir responsabilidades de medio de comunicación.

¿Debe realmente hacerlo? O, incluso, ¿puede hacerlo? A pesar de lo que dice Ben Smith, editor jefe de Buzzfeed, quizá no es tan sencillo distinguir lo que es verdad de lo que no lo es. En este sentido, algunos afirman que en Facebook el problema no son tanto los fake news como las verdades a medias. De hecho, esta campaña electoral nos ha dejado alguna lección en este sentido: ni los supuestamente objetivos fact chekers se han librado de críticas. Como dijo Zuckerberg en un post del 13 de noviembre, “identificar la verdad es complicado”. Por esto, que Facebook acepte asumir el rol de editor dependerá muy probablemente de la presión que reciba de la opinión pública.




Cuánto valen mis datos

1,086 €. Eso es lo que se acaba de embolsar Facebook durante los 2 minutos que ha durado una visita rápida por mi pantalla de inicio. Facebook Data Valuation Tool (FDVT) es una herramienta, desarrollada por tres investigadores de la Universidad Carlos III de Madrid, para que cualquier usuario pueda conocer en tiempo real cuánto está ganando la red social con sus datos. Los ingresos varían en función del perfil del usuario, su localización o sus interacciones pero son gotas de agua que van sumando hasta llegar a los más de 5.000 millones de dólares que la empresa de Mark Zuckerberg ganó, sólo en el último trimestre de 2015.

FDVT es sólo una de las iniciativas que se están desarrollando gracias a Types, el proyecto de la Unión Europea que pretende dar soluciones a los ciudadanos para controlar la privacidad de sus datos en motores de búsqueda, redes sociales y cualquier página web donde los usuarios generen contenido.

Que el negocio de los grandes gigantes tecnológicos es utilizar nuestra información con fines publicitarios no es nada nuevo. La publicidad online es imparable y necesaria –sólo en Europa, generó 3,4 millones de empleos directos e indirectos en el año 2012–, pero preocupa seriamente a las instituciones públicas y a las personas.

Por eso, que el usuario pueda llegar conocer el valor real de sus datos personales puede suponer un punto de inflexión muy positivo en el camino hacia la transparencia y la responsabilidad, tanto de las empresas como de los ciudadanos.